La dron

02/03/2017. Editorial Tal Cual

No sé realmente cómo se dice: ¿será “el dron” o “la dron”? Seguramente en Venezuela nos resultará más familiar esta última acepción, puesto que el origen del término nos viene del inglés “drone”, que es “la abeja macho” (“el abejo”, que dirían algunos). Pero si es abeja macho, definitivamente tiene que ser con el artículo “la”, como “la la land”. Aceptemos pues que “la dron” es la mejor manera de nombrarlo, si no, simplemente “dron” y nos ahorramos problemas de género que tantos inconvenientes traen.

Se trata de un vehículo aéreo no tripulado. Parece ser que hay varias modalidades: en algunos casos se trata de drones manejados a control remoto y en otros casos vuelan de forma autónoma con planes de vuelo que se reprograman automáticamente. Es decir, que “una” dron puede autoprogramarse para volar a donde a él le dé la gana y como si esto ya no revistiese bastante peligro, “las” drones podrían cargarse con energía solar sin que tengan necesidad de bajar a la tierra para que uno le cambie las “triple A” o las recargue.

No quiero ser pesimista para el futuro de la humanidad, pero ustedes se imaginan el peligro que entraña la posibilidad de cientos de miles de bichos de esos volando por el espacio aéreo a su libre albedrío, con autonomía de vuelo y de criterio, intercambiando programas entre ellos y poniéndose de acuerdo vía “bluetooh” para embromarnos a los humanos. No quiero ni pensarlo, sería peor que aquella película de Alfred Hitchcock llamada “los pájaros” en los que las aves se vuelven locas y comienzan a atacar a las personas.

La tecnología no es en sí misma ni mala ni buena, todo depende del uso que se le dé. La energía atómica, que puede acabar con la humanidad, también puede salvarla. Hay cientos de usos médicos y de salvamento que podrían realizarse con drones. Sus múltiples usos en distintas aéreas productivas, como la ganadería, por ejemplo: ya el símbolo del pastor no será nunca más un cayado, sino una ruidosa hélice.

Como ya sospechará el lector el aparato volador en cuestión tiene demasiados temas éticos pendientes. Por ejemplo: imagínese usted que se le meta “una” dron por la ventana, querido amigo, mientras usted se encuentra en la intimidad, pongamos en la ducha, para no exagerar, y que usted tenga que salir del baño corriendo descalzo con la toalla tratando de espantar a ese bicho. Yo por eso ahora cuando salgo, cierro bien todas las ventanas, no vaya a ser que se meta alguno y este esperando por ahí, agazapado. Igual es recomendable bañarse con chores, por si acaso.

Definitivamente, este mundo ya no es lo que era. Y cosas peores verá quien viva largo. Ya en Rusia e Israel existen drones delivery para hacer envíos de pizza a domicilio. Quien quita que nuestras autoridades dejen la animadversión que les tienen y los usen para el envió de las bolsas del CLAP, sin intermediarios ni sobreprecios (claro que comenzaría el sobreprecio en el negocio de compra de drones, porque aquí los corruptos no vuelan porque no hay drones que levanten tanto peso). Aunque ya puedo imaginarme a más de uno en esta Caracas pecadora cayéndole a chinazos a aparato para que la bolsa le caiga él.

El tema es tan delicado que ya los países están estableciendo legislaciones. Instamos a nuestra asamblea a redactar una “Ley de la dron”, aunque con ese nombre las autoridades y sus fieles servidores de toga, seguro tomarían muy mal la idea, más cuando estos aparaticos revelan de forma contundente las magnitudes del desacuerdo, que según cuentan, desde arriba se ve muchísimo peor, digo para el que mira desde las alturas.
P.S. ¿Se nota mucho la evasión?