Domingo 28 de junio, 3:28 a.m. Como todas las madrugadas posteriores al terremoto, me despierto con sobresalto ante el asombro de la vida y —como seguramente les pasa a todos los venezolanos que sobrevivimos al sacudón— cargado de preguntas.
Una suerte de rara «culpa» nos asalta: ¿por qué tantos murieron y nosotros, que padecimos el mismo estremecimiento, seguimos aquí? ¿Por qué este, mi viejo edificio del que tanto me quejaba y ahora bendigo, aguantó y el de mi cuñada resultó seriamente dañado? Ahora que abrimos espacio para que se vengan con nosotros: ¿por qué acumulo tantas cosas inútiles de mi propia historia, llamada a desaparecer como tantas otras? ¿Por qué acaparo tantas cosas útiles que no aprovecho? Miro mis libros y me siento avaro: ¿cuántos de ellos voy a leer? ¿Qué sentido tiene todo?
Y así las preguntas se van acumulando y subiendo de nivel: hay daños en muchas partes, pero La Guaira… ¿por qué La Guaira? ¿Por qué tanto ensañamiento de la naturaleza con ella? ¿Cómo se puede ayudar ante tanta desolación? Me acerco a la UCV, mi alma mater, como quien busca cobijo en el seno de la amorosa madre. Llevo algunas cosas, pregunto en qué puedo ayudar y no hay respuesta.
Los que no preguntaron están todos ocupados trabajando. Mucho ayuda el que no estorba. Cuando observo el colmenar ucevista (como tantos otros a lo largo y ancho del país), tan comprometido y solidario, subiendo a un camión con picos, palas, cascos y un enorme corazón, me viene a la mente esta estrofa de nuestro himno, como si hubiese sido escrita para esta hora:
Esta casa que vence la sombra
con su lumbre de fiel claridad,
hoy se pone su traje de moza
y se adorna con brisa de mar.
Ellos son la lumbre de fiel claridad. Fieles hasta que duele, hasta arrancarse las uñas en el terreno, hasta que no pueden más. En ellos la universidad se pone su traje más noble y se adorna con la angustia guaireña. El himno universitario, más que un himno, es una carta de navegación espiritual.
Y siguen surgiendo las preguntas: ¿por qué tantos edificios en el suelo? ¿Cuánto hay de falla o irresponsabilidad en la construcción y cuánto de efecto multiplicador del terreno? ¿Cómo se salva a tanta gente? Mi cuñado baja todos los días, en moto, a ayudar. Regresa de madrugada, desolado. La magnitud de la tragedia lo desborda; desborda a un país que, con historia sísmica, no tiene preparación alguna para un evento de este tipo, a lo que se suma el terremoto político, que ha dejado en el suelo la infraestructura hospitalaria que se requiere en estos casos, la dotación de los cuerpos de bomberos y un largo inventario de desidias en el que no hace falta adentrarse en este momento.
Las primeras horas son vitales, pero no hay cómo. Miles de motorizados bajan cargados de insumos y, sobre todo, de esperanza. Uno, que tanto suele quejarse de ellos, hoy también los bendice. Se siente uno orgulloso del alma venezolana, de la grandeza de nuestro espíritu. Ante la ausencia de quien tendría que dar el primer paso de auxilio y organización, la más pura solidaridad se expresa; manos se suman, sin guantes, sin cascos, sin palas, como si la pura fuerza del amor fuese suficiente. Pueblo civil, «pueblo salvando pueblo», como tanto se ha dicho. La ayuda es tanta y tan grande que, cuando llegan los auxilios internacionales, hay que aplacarla: se necesita silencio para que los perros rescatistas trabajen y escuchen signos de vida. Los topos hacen en horas lo que a las manos peladas les toma una jornada.
Cada historia de un niño que se salva nos conmueve, cada persona que sacan con vida. Otra pregunta nos agobia: ¿cuántos quedan? ¿Cuántos no podrán ser rescatados? Y surgen más preguntas: ¿cómo saldrá de esta tragedia un país que ya padecía una dura crisis económica? Se habla de casi siete millones de afectados indirectamente, más ocho que están fuera. Eso es la mitad de un país.
Nuestro apartamento se estremeció, pero los daños fueron menores. La biblioteca se mantuvo en pie. Solo un libro cayó al suelo: Los imposibles del querido Leonardo Padrón. De este simbólico y emblemático hecho brota la más profunda de todas las preguntas: ¿por qué a un pueblo tan bueno, tan lleno de amor y compromiso, tan presto a la solidaridad y a la esperanza, tan productor de alegría y de talento —que es nuestra mayor riqueza— se le ha hecho históricamente imposible transformar todo ese espíritu de bondad e ingenio en un sistema político perdurable que lo exprese, le dé forma, lo organice y lo colme de bienestar, justicia, libertad y progreso?
Cuando los amigos preguntan por nosotros respondemos: «Gracias a Dios estamos bien». No es verdad, no lo estamos, nadie lo está. Si algo te enseña un terremoto —bueno, dos— es que, como diría John Donne, todos formamos parte de algo mayor: la humanidad. O dicho en sus propias palabras:
Ningún hombre es una isla por sí mismo.
Cada hombre es una pieza de un continente,
una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra,
toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio,
o la casa de uno de tus amigos,
o la tuya propia.
La muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas;
están doblando por ti.

Abraza cada instante
Excelente artículo como siempre. Ya no quedan lágrimas. Y con la impotencia de los miles de desmanes del gobierno, aunado al dolor de familiares, siento que me va a dar un ACV o un infarto.
Dios, siento que que me está escribiendo. Excelente artículo.
Señor Laureano. Dios lo bendiga
Imposible no llorar,de sentir que la naturaleza nos ha golpeado pero no mas que el régimen que ha impedido salvar mas vidas debajo de los escombros
Pero de esta también saldremos
Como cabe tanto dolor en un solo pecho, cuantas lágrimas hay que derramar para lavar este dolor que aprieta
Duele y sin embargo, nos levantamos! Gracias
Gracias Sr. Laureano, personas como uscada venezolano y extranjero haciendo esfuerzo por rescatar a los vivos y/o sus cuerpos, nos muestran la grandeza humana…Pobre de aquellos que en esta tierra no han sembrado la bondad, sólo dejarán su huella de maldad y escacez interior…
No dejo de preguntarme que quiere Dios de los quedamos vivos y.agradecrerle tantas bendiciones. Tengo culpa hasta de dormir en mi cama limpia y poder comer ante tanta desgracia. A este pais ya golpeado le acaban de dar un knock out, pero estoy segúra q con mucha ayuda , se levantará de nuevo.
Excelente Laureano. Tu artículo nos invita a la reflexión: Cuánto daño hemos sufrido los venezolanos en estos 27 años. Será que todavía falta algo más?
Maravillosas palabras y muy sabias. Gracias por el tiempo que nos reglas en escribir de forma tan explendida
Dios con nosotros. un Gran a abrazo Laureano. un Gran Abrazo nos provee siempre nuestro Padre celestial.
Gracias por tu voz común, Somos uno en El. Amén
Nuestro karma es la cantidad de recursos minerales y naturales que tenemos. La codicia y la ambición desmedida mueven más que la bondad y el amor al prójimo. Espero que esto sea el fondo y que de aquí emerja la Venezuela que todos queremos y merecemos. Dios mediante