• • Aquiles Nazoa murió el 25 de abril de 1976, domingo para más señas y fue sepultado al día siguiente el 26 de abril, curiosa coincidencia, en el día internacional del humor. Los lunes nosotros, los de 1ºB en el colegio San José de Maracay, teníamos clases de castellano y literatura con la profesora «de Vargas».

    Cuyo apellido recuerdo, casualmente, por un chiste que ella hizo el primer día de clases: «yo no estoy casada con ningún señor apellidado Castellano, por lo tanto, soy la profesora ‘de Vargas’, no ‘de Castellano’» (el humor en la enseñanza es una gran cosa, queridos maestros).

    Después de pasar lista, nos dijo: «ayer falleció Aquiles Nazoa». Al ver, en nuestras caras de desconcierto, que no sabíamos de quien estaba hablando, cerró el libro y abrió el diario “El Nacional” y leyó un poema que acompañaba la reseña de la noticia: «Amor, cuando yo muera».

    La clase entera estuvo dedicada a ese personaje al que estábamos conociendo, justamente el día de su partida, con un poema humorístico sobre su propia muerte. Fue la primera vez que vislumbré la trascendencia del humor..
  • Las mismas autoridades que eran destinatarias predilectas del agudo y crítico humor de Aquiles, se ocuparon de su sepelio. Fue velado en el Aula Magna de la Universidad Central y llevado a la plaza Bolívar, al Concejo Municipal de su Caracas natal, en medio del afecto popular. El entonces presidente de la república, Carlos Andrés Pérez, lo condecoró post mortem.

    Cuando conocí esta historia, también comprendí que humor y tolerancia van de la mano, que el humorista no quiere asesinar a nadie, solo sueña con un mundo algo mejor.
  • Años después, llegó a mis manos el libro «Humor y Amor». Alguien se lo regaló a mi cuñada y ella me lo prestó (no se lo he devuelto aún, porque está vuelto leña de tanta manipulación, pero le compré uno nuevo).

    Creo que ese libro, aunque no podía saberlo yo en aquel momento, marcó el rumbo de mi vida.

    Con su lectura entendí que la mejor manera de conocer el alma de un pueblo es a través de su humor, puesto que este constituye, sin duda, una hermosa manera de amar.
  • • Cuando la vida torció mi destino, que era convertirme en presidente de Venezuela (ya tenía experiencia porque lo había sido del centro de estudiantes de Maracay) y me puso en el camino del humor, conocí, en los remotos tiempos de
    La guacharaca, a Claudio Nazoa, con quien mantengo una amistad a prueba de COVID (estuvimos confinados durante dos meses en un apartamento de cincuenta metros cuadrados y la amistad sigue).

    Gracias a Claudio, conocí a Aníbal Nazoa, otro genio del humorismo nacional, junto a él, intentamos revivir la Cátedra del humor Aquiles Nazoa. Para una de sus funciones, que coincidía con el día de difuntos, escribimos a dos manos y media (dos de Aníbal y media mía) una versión humorística del Don Juan Tenorio de Zorrilla, en la que yo hacía el papel de Don Juan.

    Por Claudio supe, también, que Aquiles, asiduo visitante del Cementerio General del Sur, buscaba, sin éxito, la tumba perdida de su gran amigo, el poeta Alarico Gómez, quien falleció a temprana edad. Días después del sepelio, cuando la familia fue a visitar la tumba de Aquiles, cuya ubicación había sido seleccionada por el azar de las autoridades que se ocuparon de las exequias, descubrieron, totalmente estupefactos, que la tumba que estaba al lado era, justamente, la de Alarico Gómez. Al conocer de este hecho constaté que, en el humor, nada es casual.

Cierro este baúl de recuerdos de Aquiles Nazoa, a quien no tuve el honor de conocer, pero cuya amistad me enriquece cada, porque la amistad es «el invento más bello del hombre» y para ella, la muerte no existe.

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