Seguramente, además de su famosa lista, el diputado Luis Tascón hizo otras cosas en el transcurso de su vida. Sin embargo, su apellido quedará asociado, inevitablemente, a la celebérrima “lista Tascón” que tanto sufrimiento ocasionó a los venezolanos. Si usted busca en Internet, el vínculo señalado salta de inmediato.

Dicha lista, realizada con la justificación de demostrar un supuesto fraude en la recolección de firmas, sirvió de amedrentamiento a la oposición venezolana. Fue utilizada en las instituciones del Estado para perseguir a funcionarios públicos que habían expresado su disidencia y también para impedir que los que habían firmado pudieran ser incorporados a empleos en las instituciones y empresas públicas.

Cuando el entonces presidente de PDVSA afirmó que la corporación era «roja rojita», se refería precisamente a que en dicha institución se había defenestrado a los trabajadores sospechosos de ser opositores al régimen. La lista, pues, sirvió para perseguir, intimidar, privar de empleo a funcionarios y, sobre todo, para identificar violentando todas las normas que garantizan la libre expresión de opiniones políticas, a los adversarios del régimen.

Esto sucedió en el año 2003, pero naturalmente la población no lo olvida. En todo caso, por si tal cosa fuera posible, recientemente se han encargado de recordarnos que todo aquel que firme será incluido nuevamente en una lista. No hace falta decir más, todo el mundo entendió clarito el mensaje. En aquel entonces, el presidente dijo que: «quien firma contra Chávez está firmando contra la patria». Cuando un militar, entrenado para atacar a todos los enemigos de la patria, dice algo de ese tenor, es obvio lo que se avecina. Nada ha cambiado desde entonces hasta hoy, los procedimientos son esencialmente los mismos, aunque un poquito «más piores».

Hay un dicho popular que proclama: «el picado de culebra, cuando ve bejuco tiembla”. El refrán, sabio como todas las intuiciones populares por las verdades que expresan, esconde un contenido más profundo: nos remite a la manera como opera nuestro cerebro a la hora de producir esa respuesta instintiva que denominamos «miedo». En nuestra defensa, los seres humanos tenemos dos grandes enemigos que nos mienten para salvarnos: el cerebro y la madre. Ambos se ocupan de generar en nosotros miedos para mantenernos alejados de los peligros. Cuando el cerebro «ve» un bejuco parecido a una culebra, no tiene tiempo de examinarlo con cuidado para ver si es o no es. Él prefiere mandarte a correr, mientras determina si la amenaza es real. Si no funcionara así, viviríamos siempre en gran riesgo de perder nuestras vidas por no estar alertas ante el peligro. Es también lo que hacían nuestras madres, bien a cholazo limpio, bien de una manera más tierna cantándonos: «duérmete niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá».

Una de las primeras cosas que entienden los gobiernos que quieren mantenerse en el poder más allá de la voluntad popular, aunque su origen sea esta, es la de generar miedo. Por tal razón, deben demostrar a la población que están dispuestos a usar toda la violencia que sea menester para mantener el control político. De allí las detenciones arbitrarias, las torturas y los asesinatos de disidentes. Son las picaduras de culebra que se requieren para que la población tiemble. Sin embargo, quien fundamenta su poder en el miedo que es capaz de producir, lo único que expresa con su actitud es que está aterrorizado, que la eventual llegada del voto libre, como la del Coco, le impide dormir. 

Y no digo más porque acabo de ver un bejuco y estoy temblando.

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