La idea de «progreso», pero, sobre todo, el llamado «progresismo», se ha convertido en la ideología de moda de nuestro tiempo.

Unos lo usan como etiqueta para autocalificarse de gente o movimiento político de avanzada, de garantes de prosperidad y bienestar para el género humano, mientras catalogan de retrógrados y fascistas –uno de los apelativos de descrédito político que ha cobrado más fuerza en los últimos tiempos– al resto, no porque el resto esté necesariamente contra el progreso, sino porque, en muchos casos, lo entiende de una manera diferente a la imperante.

Como contraparte, la idea de progreso, que parece consustancial al genero humano y a su evolución histórica, cuando se asocia al progresismo aludido, ha comenzado a asustar y ahuyentar a un gran número de ciudadanos.

Etimológicamente, la palabra progreso viene del latín y en esta lengua significa «avance».

Está asociada a lo bueno: progresa el sol en el transcurso del día, las raíces de las plantas cuando se fortalecen, progresan los niños en su crecimiento, los atletas en sus marcas, progresa la ciencia cuando descubre algo nuevo y útil para la humanidad, etc.

El progreso nos orienta hacia un fin: las plantas a los frutos, los niños a la madurez, los atletas a las medallas y la ciencia a nuestro bienestar.

Aquí tenemos ya una connotación ética del término: de alguna manera implica esfuerzo, pero también el avance hacia una situación mejor.

Marchar rumbo a un abismo, por ejemplo, no es progresar, y aunque parezca absurdo, se dan muchos casos, especialmente los acantilados de la política.

Dicho de otra manera, el progresar supone que lo nuevo no constituya un trastorno, sino el transitar a un ser más y mejor, buscando la perfección.

Aquí ya nos metemos en grandes problemas, en el terreno hostil de los desacuerdos.

Uno de los dilemas que plantea la idea de progreso es si éste es constante y continuado a lo largo de la historia o si, por el contrario, se interrumpe e incluso se «desprogresa» en determinados momentos.

En el terreno político se identifica tradicionalmente el progresismo con la búsqueda de un modelo político inclusivo, igualitario, democrático, defensor de los derechos civiles y promotor de una distribución equitativa de la riqueza que conduzca a la igualdad.

En la práctica, algunos regímenes autodenominados progresistas, se han valido de la democracia para desmontarla, de la idea de la redistribución de la riqueza para acabar con ella y generar nuevas oligarquías sustentadas en la corrupción.

El pacifismo progresista ha terminado –en algunos casos– apoyando revoluciones violentas que cercenan los derechos humanos.

La idea de inclusión progresista, nacida en su momento para dar respuesta a la intolerancia frente a la diversidad, llevada a extremismos radicales, termina volviéndose intolerante frente a determinadas diversidades.

En definitiva, parte de los problemas sociopolíticos que genera en la actualidad la idea de progreso y el progresismo, tienen que ver con las contradicciones que se producen entre las buenas intenciones motivadoras y los imprevistos resultados negativos de sus acciones.

Por poner solo un ejemplo, lo que le sucedió hace poco al progresismo español, que ha aprobado una ley conocida popularmente como «Ley del sí es sí», formalmente Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual.

Esta norma, concebida, entre otras cosas, para castigar con mayor severidad los delitos de agresión sexual, eliminado la distinción entre abuso y violación (en ello estaría uno de sus avances), terminó –al cambiar las penas según la categoría del delito– reduciendo las penas de 1157 agresores sexuales de los cuales 115 han sido excarcelados (según datos acumulados hasta el mes de julio de 2023).

Bueno, no sé por qué me metí en un tema tan serio y complejo.

Toda esta reflexión surgió porque al leer que todos los medios definen al nuevo presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, como un progresista y como el picado de culebra cuando ve bejuco tiembla, no deja uno de sentir un sustico solidario.

En todo caso, al investigar un poco más profundamente al personaje, nos encontramos con un académico de amplia formación filosófica y de gran experiencia política, especialmente en el terreno de la diplomacia.

De modo que cabe ser optimista en torno a que el calificativo de progresista que se le atribuye termine significando un auténtico progreso de Guatemala hacia el bienestar y la felicidad de su pueblo.

De todas maneras, rosas, por si acaso hay malas interpretaciones, finalizo aclarando mi posición sobre el asunto con una frase que se me acaba de ocurrir: Yo no estoy contra el progreso si existiera un buen consenso.

Errores no corrigen otros eso es lo que pienso.

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