Preferí no darle título a este artículo porque, honestamente, no me atreví a darle el que el tema sugiere.

No suelo ocuparme de asuntos escatológicos, pero es que esta noticia me llamó profundamente la atención por el simbolismo que tras ella se esconde.

La información en cuestión revela que un equipo del Servicio Federal de Protección se encarga de recoger los desechos corporales del presidente ruso en sus viajes fuera del Kremlin.

Vamos, para que el perplejo lector entienda mejor: cuando el presidente Putin, como cualquier cristiano –incluso ortodoxo–, se ocupa de dar del cuerpo, los escoltas del organismo señalado, recogen y empaquetan el resultado de tal operación secreta (por no llamarla guerra relámpago), luego son colocados en un maletín especial para ser llevados de vuelta a casa.

Según un par de periodistas, especialistas en política intestina rusa, Regis Gente y Mikhail Rubin, esta labor de recolección se ha llevado a cabo, por ejemplo, en las visitas del líder ruso a Francia y Arabia Saudita.

El lector, como quien esto escribe, se estará preguntando la razón de tan extraña actividad de inteligencia coprológica.

La motivación parece estar en el temor que tiene el régimen ruso de que las potencias de occidente se apropien de las heces de su líder, descubriendo así que clase de… enfermedades padece.

Este inusual trabajo de los servicios secretos rusos pone evidencia, sin duda, su propia mala conciencia. Según algunos historiadores, Stalin tenía por costumbre revisar las deposiciones de sus adversarios.

Al parecer lo hizo con Mao y otros lideres extranjeros.

A partir de los análisis realizados, los rusos establecían perfiles psicológicos de los adversarios, aunque usted no lo crea.

Cuando algún líder visitaba la Rusia del llamado «padrecito», se colocaban retretes especiales que no estaban conectados al alcantarillado público, sino conectados al laboratorio destinado a recoger el material secreto para el análisis de «inteligencia».

Según gente informada, cuando Putin viaja carga con su propio retrete (bueno no él, su gente).

La verdad, por muy bien que cobren, no es nada envidiable el trabajo de los escoltas del personaje en cuestión, como tampoco lo es la vida del susodicho, porque tendrá todo el poder del mundo y capacidad para destruir varias veces el planeta, pero no tiene tranquilidad para la actividad más elemental de un ser humano: la posibilidad de ir al baño en paz y relajado.

Trato este tema, tan revulsivo, solo con la intención de mostrar el nivel de perversión al que puede llegar un régimen político autoritario. El comportamiento descrito no deja de tener un profundo simbolismo: líderes que esconden sus excrementos, mientras por otro lado ensucian, sin pudor, su propio país y el mundo entero. Ojala algún día los rusos, en un clima de democracia y libertad, puedan contemplar en el museo del Kremlin, donde todo es momificado y conservado, el resultado del comentado trabajo de inteligencia escatológica y así tomar conciencia plena de la clase de régimen que padecieron.

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