«El humor es inevitablemente otra manera de amar,
de pedir calma, de evadir el grito, el insulto, de soslayar
la furia estúpida y ciega. Y, mira, quizás sea esa la
definición más acertada que se le pueda conceder al humorismo:
la de un raro, aunque extraordinario, acto de amor»

José Ignacio Cabrujas

La semana pasada dejamos constancia de las dificultades que entraña definir el humor y, por tanto, de las complicaciones que conlleva hablar de sus límites.

La comedia es algo que tal vez los griegos ubicarían el terreno de la doxa, es decir, de las opiniones, que son libres, no son ni verdaderas ni falsas, sino brillantes o mediocres, algo que no es susceptible de demostración científica, pero que se percibe en el sentir, pues como diría Pascal: «El corazón tiene sus razones que la razón no conoce».

Con relación a los límites del humor, hay una corriente de opinión que defiende que este, como el caballo viejo de Simón Díaz, no debe obedecer a freno alguno, pues todas sus expresiones entrarían en el terreno de la ficción, lo que hace que sean incapaces de causar un daño real. Que produzca risa tendría que ser la única exigencia.

En el derecho romano existía el célebre principio animus iocandi (literalmente, con «ánimo de broma» o, dicho en criollo, «no era en serio, sino echando vaina»), como eximente de culpabilidad en el delito de injuria.

De hecho, a él apelaron los juristas franceses para absolver de responsabilidad a la revista Charlie Hebdo, frente a las demandas de algunas organizaciones islamistas.

Otra discusión es si fue prudente o no la publicación de aquellas caricaturas a conciencia de la furia irracional que desatarían.

Hablando de límites, algo que el humor debe tomar en cuenta es que uno, muy difuso, separa la valentía de la temeridad.

Aquí entramos en otro terreno, porque buena parte de los límites del humor son externos al humor mismo, ya que dependen del contexto cultural, social y político en el que un humorista se desempeña.

Por ejemplo: un caricaturista que hoy en Rusia publique una caricatura contra la invasión a Ucrania y haciendo mofa de Putin tiene, con toda certeza, la seguridad de que le pondrán los ganchos, como dicen por ahí.

En todos los regímenes opresivos y autoritarios en general, el humor suele ser perseguido y silenciado.

La virtud más importante que posee el humor es su capacidad de enunciar verdades que, aunque todos tienen ante sus ojos, no alcanzan a ver o no se atreven a exponer.

El humor tiene una habilidad increíble para poner en evidencia la desnudez del emperador (apelando al famoso relato de Hans Cristian Andersen).

Y, como no hay nada que más le guste al humor que transgredir los límites que le impone el poder y la censura, cuanto más difícil se hace su expresión por razones políticas, mayor es el ingenio que desarrollan los humoristas para reírse del poder sin que este lo perciba. Como diría Cantinflas: «Ahí está el detalle».

Quizá por ello, los grandes maestros del humorismo, como Charles Chaplin, enfilaban sus baterías contra el poder y los poderosos en general.

Y este parece ser uno de los límites que el humor se da a sí mismo: no se hace humor en contra del débil, sino en su defensa.

El vagabundo de Chaplin da al marginado ternura y dignidad o, como en El gran dictador, convierte a un humilde peluquero judío en Hitler (Hynkel), pero no para tiranizar, sino para abogar por la democracia, la paz y la libertad.

Otro elemento digno de tener en cuenta, en este sentido, es que el humor no es burla, aunque esta última calificación sea comúnmente asociada al humor y, con frecuencia, muchos confundan ambas cosas.

La burla tiene, en mayor o menor grado, un componente agresivo que no es propio del auténtico humor.

El tema, sin duda da para un libro entero, que los hay. Es evidente que el humor tiene límites.

Unos le vienen de fuera y otros que se autoimponen, bien por las circunstancias sociopolíticas en las que se vive o, por lo que indica el sentido común, la sensatez del humorista, que tendría que ser, como lo imaginaba Aquiles Nazoa, un ser bondadoso y noble (lo cual no entra en contradicción con el coraje y el compromiso en la exposición y defensa de sus ideas).

Que un humorista hable de los límites del humor termina siendo, como suele decirse, y casi literalmente, cuchillo para su propia garganta. Porque el problema no son los límites, sino quién los establece, que suele ser, en la mayoría de los casos, quien detenta el poder y, obviamente, a su conveniencia.

Así pues, en definitiva, el quehacer del humorista se parece al del equilibrista de un circo: debe caminar sobre una delgada cuerda y estar atento a la tensión de esta para poder hacer sobre ella los más audaces malabares, pero evitando caer a toda costa, porque en el circo de la risa se trabaja sin red y nunca se debe olvidar que abajo están las fieras, esperando.

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