En el libro que el padre Francisco Javier Duplá acaba de publicar (Favores de José Gregorio Hernández), encontramos esta referencia de Francisco González Cruz en la que da cuenta de la posición que ante a la pandemia de 1918, la mal llamada «gripe española», fijaron dos médicos de gran prestigio en aquel tiempo: «Los doctores José Gregorio Hernández y Luis Razetti declaran públicamente que lo que está matando a tanta gente no es la gripe propiamente dicha sino el estado de absoluta pobreza y miseria en que viven la mayoría de los venezolanos, mal alimentados y con escasa o ningunas condiciones de higiene, muchos con padecimientos crónicos de paludismo y tuberculosis».

Dice Duplá –y con toda razón– que este mensaje «parece estar cruzando las insondables líneas del tiempo».

Ciertamente, la beatificación del Dr. José Gregorio Hernández se produce en medio de una pandemia que golpea de manera especial a una Venezuela transita hoy por penurias similares a las constatadas por Hernández y Razetti en 1918: nuestra gente empobrecida, mal alimentada y abandonada a su suerte por la irresponsabilidad de quienes tendrían que protegerla.

Sin embargo, las calamidades que rigen este momento de la historia de nuestra patria, no opacarán el trascendente acontecimiento de la beatificación del médico de los pobres.

Por el contrario, le otorgan al hecho una significación especial, «como pedrada en ojo de boticario», podríamos decir para usar un dicho popular de origen farmacológico. Venezuela requiere como nunca recordar, frente al auge –que a veces parece no tener fin– de la maldad, la poderosa fuerza del bien.

El Dr. José Gregorio Hernández, como la inmensa mayoría de los médicos de nuestro tiempo, además de un excelente profesional de la salud y un acucioso científico, fue un extraordinario ser humano. Es la grandeza de su alma y su profunda espiritualidad, la que lo llevó a ser exitoso en su vocación la salud de las personas. Para él, detrás del paciente, estaba el ser humano, ese que seguramente está necesitando una dosis de amor y comprensión igual, o tal vez incluso mayor, que la del medicamento que se le prescribe.

José Gregorio Hernández nos da esperanza, nos hace sentir que somos un pueblo que produce gente buena. Gente que trabaja en silencio por el bien, que se las ingenia para llevar una vida de irrevocable honestidad en medio de las turbulencias de un entorno corrupto e indolente. Por esta razón y por muchas otras, el próximo 30 de abril es un día muy especial para nosotros.

Todos hemos crecido con la imagen de este santo de paltó y corbata, un santo con sombrero que, a veces, vemos con bata de médico también en nuestros hospitales, haciendo milagros cotidianos.

En esta misma semana en la cual un informe nos coloca entre los países miserables del mundo, se produce un acontecimiento que nos llena de orgullo: uno de los ciudadanos más ejemplares de nuestra historia sube a los altares. Por gente como el Dr. José Gregorio Hernández y no por otra cosa, es que Venezuela es y seguirá siendo un país rico.

Artículos Recientes

  • Microdiccionario de la Extradición
    Dado que la extradición ha pasado a ser el primer tema de interés nacional, tanto que algunos proponen que solo se dialogue entre extraditables
  • El Fin del Mundo
    Un documental sobre el fin del mundo nos hacía meditar sobre la futilidad de todo lo que a veces nos parece trascendente y la importancia de aquellas pequeñas cosas que diría Serrat
  • Entre el dolor y la nada
    El cambio de rumbo de la oposición venezolana, de toda ella, desde la que pedía una invasión inmediata de los marines norteamericano
  • Alex Saab (entre paréntesis)
    En el metro de Caracas, de precario funcionamiento como todo lo que depende de uno de los gobiernos más corruptos del planeta Tierra
  • Homo ¿sapiens?
    En estos días le da a uno por pensar en esa denominación que los paleoantropólogos usan para definir a ese primate evolucionado del que formamos parte los seres humanos modernos.
  • El concilio cadavérico
    Uno de los hechos más insólitos de la historia del papado es el juicio post mortem realizado al papa Formoso, pontífice entre los años 891 y 896